Entre un ratón que lanza chillidos de terror e intenta arrastrarse entre la hierba, malherido, con los huesos medio rotos, mientras recibe los manotazos del gato que se toma su tiempo para rematarlo; un gato que cae de un tejado después de ser alcanzado por un disparo con perdigones, luego es pateado en el suelo y pasa un día entero gritando de dolor antes de morir; y una mujer esquelética, tirada en medio de la calle, desnuda, que agoniza por una enfermedad fácil y barata de curar, el cólera, ante la indiferencia de la gente que pasa a su lado sin mirar. No hay nada que los distinga; no hay ninguna diferencia en cuanto a su dolor, miedo y capacidad de sufrimiento. Todos son ANIMALES, seres animados, centros vitales, sensibles, dotados de un punto de vista singular, único e irrepetible. Ninguno quiere morir; todos rehuyen el dolor. Quien mata a un hombre mata a toda la humanidad; quien mata a un animal mata a todos los hombres y a la vida entera, muere por dentro lentamente. La cuenta se lleva en algún lugar apartado de las miradas, a la espera de un juicio final, tribunal de las bestias y los hombres, que sacudirá y partirá en dos la historia de la tierra.
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XLVI
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XL
Una cuestión de vital importancia no es sólo que los animales sueñen, como es evidente, sino que sueñan con lo que hacen cuando están despiertos o con lo que han hecho o harán en un futuro. El sueño se hace manifiesto en los gatos que chasquean la lengua, tragan saliva, emiten sonidos, efectúan movimientos espasmódicos, se agitan y mueven las patas e imprimen movimientos delicados en sus dedos, palpando el vacío. El cuerpo ejecuta, escenifica escenas imaginarias de cacerías, persecuciones, enfrentamientos, el olfateo del entorno o el afilado de las garras en los árboles. Algo en el fondo de la vida no tiene bastante con el mero descanso de los seres, con dormir y nada más, exige la reconstrucción de un mundo virtual paralelo al mundo real, la creación de otra esfera al lado del tiempo. La repetición como mandato natural.
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XXXV
Cuando un animal después de una larga persecución, llega al límite de sus fuerzas y cae agotado, sin poder dar un paso más, no implorará piedad a sus perseguidores, humanos o no humanos, no veremos caer ni una sola lágrima y tampoco dirá palabra, pues el lenguaje le está vedado, pero, inmóvil, tendrá la confianza secreta, la fe ciega, de que lo dejarán estar, de que esta vez no llegarán hasta el final, creerá en su salvación como un primer indicio, el sentimiento primordial de una piedad por ahora inexistente.
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XVII
Un grupo de personas transita por calles sin asfaltar, rodeados de casas destartaladas, de forma despreocupada, medio adormecidos. A un lado de la calle, sobre una tarima de madera, un cordero lechal manchado de sangre, tembloroso, MIRA cómo cuelgan de las patas, a la altura de su cabeza, los cuerpos sin vida de tres corderos, con el cuello seccionado hábilmente para que se desangren, gota a gota. Olfatea el aire, en busca de algún olor familiar, y sigue con la mirada el movimiento oscilante de unos cadáveres, de adelante hacia atrás, que pocas horas antes le amamantaban, lamían y daban calor. Ningún hombre debería intentar describir la percepción de la antesala del horror en los ojos del animal ni mucho menos obviarla.
X
Hay una mezcla de sorpresa y temor, de paz y guerra perpetuas, armonía y discordancia sin fin, cuando se advierte que el animal que uno tiene al lado también respira, al oír su respiración, cómo inspira y expira una columna sonora, casi pesada, de aire caliente. El ejercicio espiritual obligado es acompasar el ritmo de la respiración hasta formar un solo soplo, ascendente y descendente, mientras se sueña con un único, aunque multiforme, hálito vital, de los pasajeros quiescentes del planeta Tierra.
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El ANIMAL no existe, sólo existen los animales, un mar de vida heterogéneo, en continua ebullición y transformación, miríadas de ojos, de receptores sensibles que nos rodean por todas partes y esperan su momento. El técnico de una u otra parcela del saber, bajo la admonición de un logos especializado, no se encuentra en mejor situación que Dios respecto a sus criaturas: aunque las observe, manipule o incluso llegue a crearlas, jamás será (la) criatura ni verá el mundo con sus ojos, porque no quiere ni puede reconocer que otras formas de vida, puntos de vista singulares e infinitos, miran y no sólo son miradas. Tiene que conformarse con observaciones "objetivas", fundadas en razones oscuras, de cambios en las neuronas que obligan a practicar una operación quirúrgica para introducir una ventana transparente, a través del cráneo del animal, anestesiado cada vez que se graba una imagen mediante videomicroscopía. La miseria de los dioses, incapaces de ser otra cosa que sí mismos, es proporcional al grado de crueldad aplicado.
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