Los gatos tienen la rara habilidad de moverse cuando nadie los mira, como si cambiaran de lugar cuando no se sienten observados, justo en un abrir y cerrar de ojos; este don del cambio, y la gracia de la invisibilidad, hace de ellos verdaderos fantasmas que están y no están, que aparecen súbito, como si hubieran engañado a la velocidad de la luz, y desaparecen igual de rápido por el lugar menos esperado. En su interior, profesan una devoción absoluta por las vías de acceso recónditas, los agujeros, las rendijas, el placer único de entrar y salir por donde nadie más puede hacerlo, ni humanos ni posibles depredadores. El lugar elegido, marcado en el territorio, será más o menos difícil, en ocasiones casi inaccesible, pero siempre seguro y oculto. La exclusividad es su signo de distinción; el secreto y el sigilo son virtudes felinas.
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XXVI
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VIII
A pesar de las supuestas excelencias y las jactancias sin límite del hombre respecto a los otros seres vivos, los animales creen que la vida humana está sobrevalorada y que no hay para tanto. Tanto en lo que se refiere a la mortandad, millones de especies animales aniquiladas sin a que nadie parezca importarle, como a las habilidades y potencias, el juicio emitido no se rige por un criterio de proporcionalidad. El Ampelis europeo, un ave del tamaño del estornino y de formas compactas, come en invierno bayas semifermentadas; este placer prohibido, saboreado con calma en lo alto de las ramas, puede emborracharle e impedirle volar de forma temporal. Al parecer, tiene un hígado muy eficiente, en todo caso mejor que el humano, para metabolizar el alcohol, ya que se recupera con rapidez, sin presentar los síntomas de pesadez, aturdimiento y aspecto lamentable tan característicos después de la ingesta de bebidas alcohólicas. Como en todas las cosas, la virtud es el exponente de una potencia específica, un saber vivir inalienable; el beber no es una excepción.
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