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XXXV

Cuando un animal después de una larga persecución, llega al límite de sus fuerzas y cae agotado, sin poder dar un paso más, no implorará piedad a sus perseguidores, humanos o no humanos, no veremos caer ni una sola lágrima y tampoco dirá palabra, pues el lenguaje le está vedado, pero, inmóvil, tendrá la confianza secreta, la fe ciega, de que lo dejarán estar, de que esta vez no llegarán hasta el final, creerá en su salvación como un primer indicio, el sentimiento primordial de una piedad por ahora inexistente.

IX

Ante la mera idea del abandono no podía decir palabra, a punto de llorar, garabateó como pudo unas frases en una servilleta de papel: "Cuando estaba acariciando a la gatita me ha parecido ver dos lágrimas de cristal en sus ojos. No puedo decirlo". En aquel momento, supo con certeza que ella ya no abandonaría a la cría de gato de tonos marrones, demacrada, sucia, que sostenía en los brazos; el apego era mutuo, porque el diminuto animal, muy delgado, se aferraba como si aquella presencia humana, hasta entonces, desconocida, fuera la única esperanza de salvación, la cálida intimidad de sus sueños.