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LVI

Un grupo de perros de diferentes razas y tamaños, mezclados con gatos atigrados y uno blanco, recorren un campo entre las hierbas y los matorrales; ahora se juntan, se saludan, después se separan, cada uno a lo suyo, olisqueando, buscando, pero siempre juntos. Conviven sin mayor problema que alguna que otra pelea ocasional, sin consecuencias, lindante con el juego. Cuando se acercó a ellos, se alegraron de volver a verlo, rápidamente vinieron a verle, tenían que saludarlo. Cada uno en su estilo. El perro grande puso sus patas en su abdomen; el pequeño danzaba a su alrededor como una mariposa y pedía atención. Los gatos maullaban, se enroscaban en sus piernas. Saludaban porque sí, sin más, porque no había ningún motivo para no hacerlo. Eran felices de estar aquí, de estar todos juntos, y ahora también de estar con él. Querían extender su felicidad, compartir la inconsciencia de estar alegres sin saber por qué. Era un día de fiesta; todos los días eran una fiesta. Alguien debería darse cuenta de que esta abertura incondicional, transparente, es el ofrecimiento de (una) relación, la generosidad de querer ser con los otros en lugar de contra ellos, más allá de cualquier interés. Querer la RELACIÓN como algo bueno, el bien en sí, antes que nada. El hecho inexplicable de alegrarse de ver a otro, algo conmovedor y milagroso, ratifica, da fe, del poder de la relación, la entrega como acto vital. No es posible sino dar gracias por este mundo y maldecir al mismo tiempo a todos y cada uno de los que lo han convertido en un infierno sin llamas, que consume todo lo que toca, mientras se apaga lentamente, muerte fría. El silbido ahogado de la ceniza se oye entre el crepitar del fuego. La salvación espera a las puertas del saludo confiado, sin reservas, del niño y el animal. Los animales del pesebre, en torno al redentor, no cumplen otra función; la verdadera ofrenda no son los presentes de los reyes, sino la mirada limpia de los animales del establo y el recién nacido. El niño dios es el dios de las cenizas.

IV

De la imagen arquetipo de la serpiente que se muerde la cola a la imagen real del perro que se la destroza, cuando su única salida es la autodestrucción, está toda la diferencia entre el ciclo impensable de la NATURALEZA, despiadado pero REAL, y el paraíso artificial de la CIVILIZACIÓN, aniquilador pero IDEAL, orden de líneas claras y definidas, limpio y pulcro hasta la náusea. En un lado se vive y se muere, muchas veces de forma atroz; en el otro, ni se vive ni se muere, y apenas se respira, estancamiento vital, exudado blanquecino formado por millones de glóbulos blancos muertos. 

III

Irene de pelo rubio, mirada inquieta, acaba de llegar del este, apenas habla el idioma; tiene un perro, Max, si es que los perros se pueden tener, por el que daría la vida, único consuelo y punto de contacto con la realidad. En el trabajo hace de todo y de nada, recién llegada, extranjera, cualquiera se cree con derecho a decirle lo que tiene que hacer; no sabe en realidad cuál es su verdadera tarea, qué hace allí, siempre a disposición, a la espera de recibir la siguiente orden. Cada mañana, al levantarse para ir a trabajar, rompe a llorar; saca un pañuelo, enjuaga las lágrimas y se viste. A Max no le gusta estar solo, menos todavía encerrado; su juego favorito para distraerse es intentar atrapar la cola, que es lo más bonito que tiene. Al mediodía, Irene tira a la papelera el papel que envuelve el bocadillo, cae sin hacer ruido; se incorpora, vuelve a lo que estaba haciendo. Por la noche, de vuelta a casa, al abrir la puerta, oye una extraña mezcla de gritos de dolor y aullidos de pánico; luego lo VE, no puede menos que verlo, el pasillo, las paredes llenas de sangre, Max como enloquecido, que no para de dar vueltas mientras se muerde la cola hasta llegar al hueso. Nada parece calmarlo. Irene le pone la correa, lo saca a rastras por las escaleras; el perro no para de aferrarse a la cola con rabia y desesperación, poseído por una furia de origen desconocido. Desde su casa a la portería queda un reguero de sangre caliente, formando curvas irregulares, salpicadas de jirones de pelo; salen a la calle, empieza a llover, lo arrastra como puede, sigue clavando sus dientes, arranca trozos de carne. A medida que avanzan, los regueros de sangre, agua y barro señalan el camino realizado hasta que llegan al veterinario. Opina que sólo hay dos soluciones para este caso: administración de fármacos antidepresivos o amputación de la cola. La chica del este, desencajada, siente como la ponzoña gris de la vida humana la inunda de arriba a abajo y baña por igual a personas y animales, hasta que la infección barre la tierra que tiene bajo sus pies.