Las columnas que sostienen el templo de la civilización se hunden en un océano rojo de sangre. Ni mil millones de paraísos podrán compensar nunca la carnicería, la matanza indiscriminada y el dolor que la especie humana ha infligido a sus semejantes y a los otros seres vivos que habitan el planeta. El peso de la vergüenza acabará por aplastar a una especie que, cansada de sí misma, dirige su mirada a la conquista del espacio interior, las profundidades abisales y las zonas de los polos, y el espacio exterior inhabitable. Todas las esperanzas son tan sombrías como las del asesino al acecho de la próxima víctima.
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XVII
Un grupo de personas transita por calles sin asfaltar, rodeados de casas destartaladas, de forma despreocupada, medio adormecidos. A un lado de la calle, sobre una tarima de madera, un cordero lechal manchado de sangre, tembloroso, MIRA cómo cuelgan de las patas, a la altura de su cabeza, los cuerpos sin vida de tres corderos, con el cuello seccionado hábilmente para que se desangren, gota a gota. Olfatea el aire, en busca de algún olor familiar, y sigue con la mirada el movimiento oscilante de unos cadáveres, de adelante hacia atrás, que pocas horas antes le amamantaban, lamían y daban calor. Ningún hombre debería intentar describir la percepción de la antesala del horror en los ojos del animal ni mucho menos obviarla.
III
Irene de pelo rubio, mirada inquieta, acaba de llegar del este, apenas habla el idioma; tiene un perro, Max, si es que los perros se pueden tener, por el que daría la vida, único consuelo y punto de contacto con la realidad. En el trabajo hace de todo y de nada, recién llegada, extranjera, cualquiera se cree con derecho a decirle lo que tiene que hacer; no sabe en realidad cuál es su verdadera tarea, qué hace allí, siempre a disposición, a la espera de recibir la siguiente orden. Cada mañana, al levantarse para ir a trabajar, rompe a llorar; saca un pañuelo, enjuaga las lágrimas y se viste. A Max no le gusta estar solo, menos todavía encerrado; su juego favorito para distraerse es intentar atrapar la cola, que es lo más bonito que tiene. Al mediodía, Irene tira a la papelera el papel que envuelve el bocadillo, cae sin hacer ruido; se incorpora, vuelve a lo que estaba haciendo. Por la noche, de vuelta a casa, al abrir la puerta, oye una extraña mezcla de gritos de dolor y aullidos de pánico; luego lo VE, no puede menos que verlo, el pasillo, las paredes llenas de sangre, Max como enloquecido, que no para de dar vueltas mientras se muerde la cola hasta llegar al hueso. Nada parece calmarlo. Irene le pone la correa, lo saca a rastras por las escaleras; el perro no para de aferrarse a la cola con rabia y desesperación, poseído por una furia de origen desconocido. Desde su casa a la portería queda un reguero de sangre caliente, formando curvas irregulares, salpicadas de jirones de pelo; salen a la calle, empieza a llover, lo arrastra como puede, sigue clavando sus dientes, arranca trozos de carne. A medida que avanzan, los regueros de sangre, agua y barro señalan el camino realizado hasta que llegan al veterinario. Opina que sólo hay dos soluciones para este caso: administración de fármacos antidepresivos o amputación de la cola. La chica del este, desencajada, siente como la ponzoña gris de la vida humana la inunda de arriba a abajo y baña por igual a personas y animales, hasta que la infección barre la tierra que tiene bajo sus pies.
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