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XXX

En las inmediaciones de un parque, un adolescente da comida a las palomas; ante el regocijo general de sus compañeros, cuando se acercan para comer, les propina una patada. Los pájaros se alejan. Vuelve a darles comida y repite de nuevo la operación. Se acercan y las patea. Así varias veces. La escena es motivo de risas cómplices. Es posible que crean que demuestra la superioridad del hombre y la estupidez congénita de la paloma, pero quizá las aves les están sometiendo a una prueba, tienden una trampa, quieren ver hasta dónde son capaces de llegar, cuántas veces repetirán como autómatas la misma secuencia de actos y extraerán placer de ello. Las palomas vuelan.

XVI

Las palomas entrarán a formar parte de las páginas más gloriosas de la historia de la biología por una colaboración desinteresada, pero muy oportuna, y su sacrificio en los altares de la  ciencia. Hans Krebs dedujo el funcionamiento del ácido cítrico, el famoso ciclo de Krebs, a partir de cuidadosas observaciones sobre la oxidación de diferentes compuestos de carbono en muestras trituradas de músculo de pechuga de paloma. Resulta difícil no imaginar al investigador acercándose a la jaula de las aves, con aparente normalidad, relajado; proceder a su captura y posterior muerte, y dar por concluido el ritual con un metódico triturado de la carne. Al cabo de un rato, después de limpiar sus dedos de restos orgánicos, alimenta con su propia mano a los ejemplares vivos.

XII

La niebla era tan espesa que casi amortiguó el sonido; un lento batir de alas, seguido de una voz metálica y desapacible, anuncia la llegada de una pareja de cuervos. Aunque cautelosos, descienden al valle desde las altas montañas y se posan cerca de las zonas habitadas. No es un signo de mal augurio, es la buena nueva, la bienaventuranza, a la altura de la paloma con la rama de olivo en el pico, de que no todo está perdido. Un movimiento en falso desencadena la alarma, un crack-crack-crack, rápido y duro; la pareja de por vida, negro brillante, remonta el vuelo y vuelven a penetrar en la niebla, más allá de los límites del hombre, donde reina lo inimaginable. El observador que necesita mirar a las estrellas para imaginar otras formas de vida, manifiesta un cansancio, una falta de aprecio, un desapego, que no valora en su justa medida el mundo que habita; no hace falta más que mirar alrededor para ver tierras incógnitas por todas partes, territorios inexplorados, maravillas hasta colmar la vista, incluso en los lugares más degradados, bajo la amenaza de una destrucción definitiva, en las calles más grises y lóbregas, regalo para ojos febriles, cegados por la infinitud. Cualquier ser vivo es más desconocido que la galaxia más lejana; las criaturas terrenales son extraterrestres por derecho propio.