Primero oyó el graznido. Ahí estaba de nuevo. Miró hacia arriba hasta localizar la figura negra, contrastada sobre el valle. En silencio, se preparó para una liturgia singular, para un raro placer, como si fuera a paladear un vino exquisito. Era siempre igual. Escuchó, como todas las veces, con total nitidez, desde el suelo, el lento aleteo de las alas del cuervo. El desplazamiento del aire parecía rozar su cara en cada pasada, en cada golpe de ala. Comunicación a distancia de un ser terrestre con otro alado; compartían un mismo aire y una misma tierra. La gracia era común arriba y abajo. El ángel de la anunciación era oscuro. Esperaría su próxima visita.
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L
La naturaleza compone cuadros improbables, es una composición heterogénea de elementos vivos dispares, convocados en extrañas escenas que responden unas a otras, a modo de drama vital en innumerables actos. El enigma no está oculto, ni mucho menos, es visible, aunque de difícil respuesta. Un gato negro y blanco, de músculos poderosos, lleno de energía, sube por las ramas de un árbol, a toda velocidad, hasta alcanzar el límite de la copa, la cúspide. Se detiene unos instantes, de perfil, para contemplarse a sí mismo y regocijarse de su potencia. Está satisfecho; ha subido hasta lo más alto. Al mismo tiempo, un cuervo levanta el vuelo y pasa, en la distancia, justo en la horizontal del gato, detrás suyo; el gato oye el batir de las alas y gira la cabeza para contemplarlo. Sus miradas coinciden en un instante de eternidad; una conexión universal chisporrotea entre los dos como electrodos sumergidos en el agua. El cielo se ilumina. Forman parte de un mismo escenario, pero es como si vivieran en mundos incomparables, alejados por millones de galaxias. La escena se acaba; el cuervo desaparece. El gato mira de nuevo al frente. Ahora toca bajar. Tan rápido como pueda. Más que al subir.
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XLVII
El cuervo grazna sobre el valle, el aleteo de sus pesadas alas es audible, mientras contempla unos seres bípedos y lentos, apenas unos puntos de colores en movimiento. Reverencia. Él manda aquí abajo desde arriba.
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XXXVII
Primero, la avispa se pone a tomar el sol a su lado. Estaba en su derecho. Luego, a medio camino del descenso por la montaña, un cuervo se posa a pocos metros con sus alas de reflejos metálicos, grazna, y desaparece por el valle. Ninguna objeción. Al final, una miríada de insectos revolotean alrededor de unos frutos rojos globulares, maduros y olorosos. La trama orquestada por tres colores, amarillo, negro y rojo, bastan para resumir un día.
XII
La niebla era tan espesa que casi amortiguó el sonido; un lento batir de alas, seguido de una voz metálica y desapacible, anuncia la llegada de una pareja de cuervos. Aunque cautelosos, descienden al valle desde las altas montañas y se posan cerca de las zonas habitadas. No es un signo de mal augurio, es la buena nueva, la bienaventuranza, a la altura de la paloma con la rama de olivo en el pico, de que no todo está perdido. Un movimiento en falso desencadena la alarma, un crack-crack-crack, rápido y duro; la pareja de por vida, negro brillante, remonta el vuelo y vuelven a penetrar en la niebla, más allá de los límites del hombre, donde reina lo inimaginable. El observador que necesita mirar a las estrellas para imaginar otras formas de vida, manifiesta un cansancio, una falta de aprecio, un desapego, que no valora en su justa medida el mundo que habita; no hace falta más que mirar alrededor para ver tierras incógnitas por todas partes, territorios inexplorados, maravillas hasta colmar la vista, incluso en los lugares más degradados, bajo la amenaza de una destrucción definitiva, en las calles más grises y lóbregas, regalo para ojos febriles, cegados por la infinitud. Cualquier ser vivo es más desconocido que la galaxia más lejana; las criaturas terrenales son extraterrestres por derecho propio.
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