Para el pergolero satinado, un ave de plumaje negro azulado, con un pico fuerte también de la misma tonalidad, el azul no es sólo el color de la mayor parte de su cuerpo, es una forma de vida y de estar en el mundo, una verdadera vocación. Los pergoleros hacen honor a su nombre; se pasan la mayor parte del tiempo, artistas prolíferos, construyendo complejas pérgolas de palos que decoran con flores, pétalos o conchas vacías. Este escenario de ensueño atrae a las hembras a las arenas de cortejo, que atraviesan el umbral cubierto, novias conducidas al altar por una mano invisible. En el interior del paseo arbolado, el macho tiene la delicadeza, y la intuición estética, de diseminar todo tipo de objetos azules, como plumas y tapones de botella. Es su visión del mundo. Cuando una hembra se acerca, coge un objeto con su pico y se lo ofrece, a modo de tarjeta de visita; esta exhibición parece ser irresistible, en especial si va acompañada de un canto resollante. No podía ser menos; está ofreciendo lo mejor de sí mismo, la esencia de su ser, el azul, representada en una serie de objetos, plasmada en un mundo monocromático infinito. El exterior es idéntico al interior. Un artista reconocido se hizo famoso con mucho menos.
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LV
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XXIX
Sopla una ligera brisa que apenas disminuye la sensación de calor. Todo está en calma. El canto de alarma de las urracas ante la presencia de gatos llega demasiado tarde. Aunque los pájaros huyen en todas direcciones de forma ruidosa, el salto ya se ha iniciado. Las plumas vuelan en el aire y un cuerpo de una agilidad prodigiosa se retuerce en el aire para atrapar con sus garras un pequeño pájaro. Caen la presa y el depredador entre las ramas, las hojas desprendidas acompañan la caída; unos dientes afilados se clavan en la nuca del ave en el momento del impacto contra el suelo. La tragedia de la escena desaparece tan rápido como apareció y sólo se observa el paso alegre del felino que trae la presa entre sus dientes. Los pájaros vuelven a cantar como si no hubiera pasado nada.
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XXVIII
La inteligencia, el cálculo de las conductas, las previsión en el tiempo y la extracción de conclusiones a través de la observación no son en exclusiva una prerrogativa humana. El abejero, una rapaz diurna de bellos colores, alimenta a sus pollos con nidos de avispas. El método que sigue es digno del investigador más experimentado; con infinita paciencia y astucia memorables, se dedica a observar con suma atención el regreso al nido de los insectos alados. Cuando localiza la entrada, deduce su posición y desentierra el nido de avispas con sus garras. Es remarcable que está preparada para este tipo de presa y captura; las plumas en torno a los ojos y pico son tipo escama y sirven de protección contra los aguijonazos. En comparación, valdría la pena recordar que muchos individuos de la especie Homo no son capaces de encontrar comida si no están rodeados de una alta densidad de supermercados.
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