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XLIV

Quien quiera saber lo que es la vida, la celebración de la vida, el festejo interminable del puro hecho de existir, sin reservas ni promesas, no tiene más que observar la recuperación súbita de un gato, tras un accidente que lo había dejado postrado. Los saltos de júbilo, las vocalizaciones de entusiasmo, las subidas y bajadas en estampida de los árboles son la prueba para sí mismo y para los espectadores de que está vivo, la demostración fehaciente de toda su potencia de existir y la alegría inherente a su puesta en acción. Ante esta muestra de fe en la vida, cualquier otra creencia se revela vana.

XX

Un camino polvoriento, casi sin vegetación, cerrado por ambos lados por vallas metálicas, una provista de alambradas para impedir el acceso, tiene como únicos habitantes visibles un grupo disperso de gorriones. La mayoría picotea por el suelo aquí y allá, pero alguno, que asume el papel de progenitor, alimenta con suma delicadeza a su cría; concentrado en su misión, deposita mediante su pico pequeñas semillas en el interior de la boca de un ser minúsculo, frágil, que aletea como muestra de satisfacción y reclamo para recibir un nuevo premio. Todos se consideran afortunados. Está siendo un buen día. Los intersticios, los espacios intermedios, son el lugar donde se desarrolla la vida, celebración ajena al mañana, indemne a la dureza de las condiciones.