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LIII

Si hay un dios de la Naturaleza al que rinden culto todo tipo de animales, desde los gatos por la noche, en sus colonias fuera de control, y pájaros y mamíferos de pequeño tamaño, hasta las abejas que encuentran en sus flores el paraíso, sin lugar a dudas toma forma, se materializa en los zarzales, como símbolo de una naturaleza salvaje que se combate sin tregua, pero que renace siempre. La devoción de este culto es proporcional al desprecio de la especie homo, obcecada en eliminar todo aquello que no da un fruto inmediato, que no es útil a sus fines. El zarzal es a la vez la imagen paradójica de la desolación y la esperanza, de la destrucción y la resistencia indoblegable. Atacados sin tregua con medios cada vez más eficaces, como los herbicidas químicos y las desbrozadoras mecánicas, las extensiones de zarzales tienden a reducirse en las zonas cultivadas y urbanizadas; por el contrario, en las zonas abandonadas por los hombres, prosperan otra vez en beneficio de la fauna, refugio y fuente de alimentos. La divinidad sólo podía hablar en una zarza en llamas. El pueblo elegido, la especie condenada a desaparecer, desoyó la llamada y escupió sobre el fuego; el ser supremo no podía hablar a su hijo predilecto, al rey de la creación, a través de una planta despreciable. En las afueras de la ciudad, cerca de la tierra prometida, les esperaban extensiones inacabables de zarzales, erizados de espinas. Sólo un reducido número vio las moras.

L

La naturaleza compone cuadros improbables, es una composición heterogénea de elementos vivos dispares, convocados en extrañas escenas que responden unas a otras, a modo de drama vital en innumerables actos. El enigma no está oculto, ni mucho menos,  es visible, aunque de difícil respuesta. Un gato negro y blanco, de músculos poderosos, lleno de energía, sube por las ramas de un árbol, a toda velocidad, hasta alcanzar el límite de la copa, la cúspide. Se detiene unos instantes, de perfil, para contemplarse a sí mismo y regocijarse de su potencia. Está satisfecho; ha subido hasta lo más alto. Al mismo tiempo, un cuervo levanta el vuelo y pasa, en la distancia, justo en la horizontal del gato, detrás suyo; el gato oye el batir de las alas y gira la cabeza para contemplarlo. Sus miradas coinciden en un instante de eternidad; una conexión universal chisporrotea entre los dos como electrodos sumergidos en el agua. El cielo se ilumina. Forman parte de un mismo escenario, pero es como si vivieran en mundos incomparables, alejados por millones de galaxias. La escena se acaba; el cuervo desaparece. El gato mira de nuevo al frente. Ahora toca bajar. Tan rápido como pueda. Más que al subir.

XLV

En el enfrentamiento secular del arte y la naturaleza, litigio basado en los méritos propios, uno de los contendientes manifiesta una clara superioridad, tiene la habilidad de cruzar todas las defensas y asestar un golpe de mano audaz en el centro de mando del mundo contemporáneo donde conviven la tecnología, la estética y la imagen. Un tipo de hongo, Aureobasidium pullulans, crece en el vidrio de los objetivos de las cámaras y graba la superficie con líneas en forma de tela de araña. La delicada estructura que traza, una verdadera obra de arte, arruina las posibles imágenes desde el interior del propio dispositivo e invalida el uso del aparato. No es posible hacer nada.

XIV

El espantapájaros es a la vez la imagen que el hombre ofrece a la naturaleza, tótem reverencial y señal de advertencia, y la que los animales tienen del ser humano. Un animal más muerto que vivo, erguido sobre sus patas traseras, de movimientos lentos, poco armoniosos, pelo ralo, sin plumaje ni rasgos distintivos, con aspecto anódino, olor neutro, que no teme mostrarse en campo abierto, incluso hace ostentación de esta prerrogativa, mata a distancia y no se ensucia las manos, excepto cuando trabaja.

V

Naturalmente es una palabra difícil, que conviene evitar; no hace referencia a un dato ni admite representación, a no ser como experimentum crucis de una renovación continua, prueba de vida. Todo lo representable, cualquier imagen idílica, no es natural, es ajena a la realidad profunda, aunque próxima y omnipresente, de cosas y criaturas. 

IV

De la imagen arquetipo de la serpiente que se muerde la cola a la imagen real del perro que se la destroza, cuando su única salida es la autodestrucción, está toda la diferencia entre el ciclo impensable de la NATURALEZA, despiadado pero REAL, y el paraíso artificial de la CIVILIZACIÓN, aniquilador pero IDEAL, orden de líneas claras y definidas, limpio y pulcro hasta la náusea. En un lado se vive y se muere, muchas veces de forma atroz; en el otro, ni se vive ni se muere, y apenas se respira, estancamiento vital, exudado blanquecino formado por millones de glóbulos blancos muertos.