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XLII

Una mañana apareció un pequeño gato negro, desgarbado, medio tiritando, que intentaba calentarse al sol en una pendiente del terreno. Al intentar aproximarse, huyó corriendo a refugiarse en los matorrales. Su madre había sido una buena maestra. Unos años después, sigue tomando el sol en el mismo lugar durante las mañanas frías. Ahora ya no huye.

XXXVIII

Ve llegar el coche al momento. Antes de que el conductor salga del vehículo corre a ponerse debajo. Justo en la zona del motor. Necesita calentarse cómo sea. Lleva varios días sin comer apenas; la oscuridad es cada vez más fría, más inhóspita. No aguantará mucho más tiempo. Está débil, agotado, temblando. No sabe si sobrevivirá a esta noche. El calor es su único dios; lo ama con todas las fuerzas que le quedan. Los habitantes de las torres iluminadas y calientes, que circundan la zona de aparcamiento improvisada, hace tiempo que han dejado de apreciar su propia vida. No saben que están vivos. El gato cierra los ojos; el calor que emana del coche inunda su cuerpo. Quizá mañana todavía vea salir el sol.