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LIII

Si hay un dios de la Naturaleza al que rinden culto todo tipo de animales, desde los gatos por la noche, en sus colonias fuera de control, y pájaros y mamíferos de pequeño tamaño, hasta las abejas que encuentran en sus flores el paraíso, sin lugar a dudas toma forma, se materializa en los zarzales, como símbolo de una naturaleza salvaje que se combate sin tregua, pero que renace siempre. La devoción de este culto es proporcional al desprecio de la especie homo, obcecada en eliminar todo aquello que no da un fruto inmediato, que no es útil a sus fines. El zarzal es a la vez la imagen paradójica de la desolación y la esperanza, de la destrucción y la resistencia indoblegable. Atacados sin tregua con medios cada vez más eficaces, como los herbicidas químicos y las desbrozadoras mecánicas, las extensiones de zarzales tienden a reducirse en las zonas cultivadas y urbanizadas; por el contrario, en las zonas abandonadas por los hombres, prosperan otra vez en beneficio de la fauna, refugio y fuente de alimentos. La divinidad sólo podía hablar en una zarza en llamas. El pueblo elegido, la especie condenada a desaparecer, desoyó la llamada y escupió sobre el fuego; el ser supremo no podía hablar a su hijo predilecto, al rey de la creación, a través de una planta despreciable. En las afueras de la ciudad, cerca de la tierra prometida, les esperaban extensiones inacabables de zarzales, erizados de espinas. Sólo un reducido número vio las moras.

XXXI

Una pareja de gatos reposan en un lugar de descanso elevado, colocados en diagonal, frente a frente, y alargan sus patas delanteras en el vacío, como si se buscaran en sueños. La imagen recuerda de forma inevitable al fresco de La Creación de la Capilla sixtina. Dios es felino y tiene bigotes. No es probable que nos vigile desde las alturas sobre una nube, en cambio husmea el aire para recabar información en lo alto de una rama.

XXII

El pueblo de los gatos fue primero adorado como un dios y momificado para la eternidad; luego sobrevivió a las persecuciones medievales, cuando su tamaño era mayor e incluso eran emparedados en vida; sobrevivirá a los envenenamientos en grupo y a las buenas intenciones de esterilizar a las poblaciones callejeras, y algún día caminará sobre las ruinas de la civilización humana, auténtico señor de las ciudades de polvo y ceniza. El último hombre, antes de desaparecer, todavía escuchará maullidos por la noche, señal de lejanía y proximidad, promesa de una relación imperecedera.

II

En una pila de residuos en descomposición, las lombrices se sitúan alrededor del núcleo caliente, a temperatura elevada, adoradoras devotas de un dios cálido y protector; a medida que aumenta la distancia respecto a esta zona central, disminuye el número de ejemplares y aumenta la capa descompuesta, desecho fértil, rico en nutrientes, ofrenda para el señor de sus dominios y para la tierra que les da cobijo.

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El ANIMAL no existe, sólo existen los animales, un mar de vida heterogéneo, en continua ebullición y transformación, miríadas de ojos, de receptores sensibles que nos rodean por todas partes y esperan su momento. El técnico de una u otra parcela del saber, bajo la admonición de un logos especializado, no se encuentra en mejor situación que Dios respecto a sus criaturas: aunque las observe, manipule o incluso llegue a crearlas, jamás será (la) criatura ni verá el mundo con sus ojos, porque no quiere ni puede reconocer que otras formas de vida, puntos de vista singulares e infinitos, miran y no sólo son miradas. Tiene que conformarse con observaciones "objetivas", fundadas en razones oscuras, de cambios en las neuronas que obligan a practicar una operación quirúrgica para introducir una ventana transparente, a través del cráneo del animal, anestesiado cada vez que se graba una imagen mediante videomicroscopía. La miseria de los dioses, incapaces de ser otra cosa que sí mismos, es proporcional al grado de crueldad aplicado.