Ve llegar el coche al momento. Antes de que el conductor salga del vehículo corre a ponerse debajo. Justo en la zona del motor. Necesita calentarse cómo sea. Lleva varios días sin comer apenas; la oscuridad es cada vez más fría, más inhóspita. No aguantará mucho más tiempo. Está débil, agotado, temblando. No sabe si sobrevivirá a esta noche. El calor es su único dios; lo ama con todas las fuerzas que le quedan. Los habitantes de las torres iluminadas y calientes, que circundan la zona de aparcamiento improvisada, hace tiempo que han dejado de apreciar su propia vida. No saben que están vivos. El gato cierra los ojos; el calor que emana del coche inunda su cuerpo. Quizá mañana todavía vea salir el sol.
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XI
El paraíso para los gatos es la noche y un árbol iluminado por la luna llena; esta sola percepción, asequible al más común de los mortales, basta para echar por tierra, refutar de una vez por todas, cualquier especulación religiosa sobre la realidad de los paraísos y vergeles con que la especie humana se regala la vista, llenos de luz, manantiales y árboles frutales, expurgados de oscuridad, sombra y tinieblas. La noche no tiene por qué ser el mal a combatir, el origen de los miedos atávicos y más recónditos del alma. El mundo animal supone la imposibilidad de una visión unificada del mundo.
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