El calor que emana de todos los seres vivos define la naturaleza de la vida. Incluso un minúsculo ratón o una pequeña musaraña acabados de morir siguen emitiendo un calor perceptible a las manos de quien los acoge, con el fervor de guardar un preciado tesoro, antes de volver a depositarlos en la tierra húmeda. La radiación térmica póstuma es el regalo de despedida a un mundo que hace unos instantes todavía era su hogar.
XXIII
Las columnas que sostienen el templo de la civilización se hunden en un océano rojo de sangre. Ni mil millones de paraísos podrán compensar nunca la carnicería, la matanza indiscriminada y el dolor que la especie humana ha infligido a sus semejantes y a los otros seres vivos que habitan el planeta. El peso de la vergüenza acabará por aplastar a una especie que, cansada de sí misma, dirige su mirada a la conquista del espacio interior, las profundidades abisales y las zonas de los polos, y el espacio exterior inhabitable. Todas las esperanzas son tan sombrías como las del asesino al acecho de la próxima víctima.
XXII
El pueblo de los gatos fue primero adorado como un dios y momificado para la eternidad; luego sobrevivió a las persecuciones medievales, cuando su tamaño era mayor e incluso eran emparedados en vida; sobrevivirá a los envenenamientos en grupo y a las buenas intenciones de esterilizar a las poblaciones callejeras, y algún día caminará sobre las ruinas de la civilización humana, auténtico señor de las ciudades de polvo y ceniza. El último hombre, antes de desaparecer, todavía escuchará maullidos por la noche, señal de lejanía y proximidad, promesa de una relación imperecedera.
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XXI
A medida que caminaba entre las hierbas, centenares de pulgones de todos los colores, verdes, rojos, marrones, negros, se aferraban a sus piernas y ascendían como por las columnas de un templo andante, nueva especie de árbol en movimiento. Cuando el peso de la capa de insectos, por acumulación, alcanzó un determinado valor límite, el cuerpo se tambaleó durante unos instantes, giró sobre sí mismo y acabó derrumbándose, sepultado bajo una nube multicolor palpitante. El sueño había empezado.
XX
Un camino polvoriento, casi sin vegetación, cerrado por ambos lados por vallas metálicas, una provista de alambradas para impedir el acceso, tiene como únicos habitantes visibles un grupo disperso de gorriones. La mayoría picotea por el suelo aquí y allá, pero alguno, que asume el papel de progenitor, alimenta con suma delicadeza a su cría; concentrado en su misión, deposita mediante su pico pequeñas semillas en el interior de la boca de un ser minúsculo, frágil, que aletea como muestra de satisfacción y reclamo para recibir un nuevo premio. Todos se consideran afortunados. Está siendo un buen día. Los intersticios, los espacios intermedios, son el lugar donde se desarrolla la vida, celebración ajena al mañana, indemne a la dureza de las condiciones.
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XIX
Los pájaros del jardín también tienen su propia versión del mito de la caverna: las sombras que se mueven en la ventana, poco antes de que se abra la puerta y se oigan los pasos al descender la escalera, anuncian la llegada de la comida. Con todo, se observan unas diferencias fundamentales, una inversión de la perspectiva que cambia el panorama de forma radical. Los cautivos de las apariencias no llevan cadenas ni están prisioneros, al contrario, vuelan libremente; en cambio, los sujetos de movimientos lentos, como a cámara lenta a ojos de los pájaros, escondidos en la oscuridad, en teoría la viva imagen del libre albedrío, viven el encierro que ellos mismos han construido, prisión de por vida.
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XVIII
Es por la tarde. Apenas hace viento. El gato negro de ojos amarillos disfruta del agradable calor que irradia la tierra caliente por el sol. Resulta una sensación placentera. Sentado sobre sus patas traseras, con la cabeza inclinada, observa con atención cómo las hormigas salen y entran del hormiguero; sin moverse, adopta una actitud de aparente desinterés mientras estudia cada uno de sus movimientos, memoriza los detalles de la escena y se identifica con los actores minúsculos que contempla casi hipnotizado, durante largo tiempo, hasta que parece quedar dormido. Cuando el aburrimiento es superior a sus fuerzas o el cansancio le vence, se retira. Al día siguiente, ya no hay hormigas.
XVII
Un grupo de personas transita por calles sin asfaltar, rodeados de casas destartaladas, de forma despreocupada, medio adormecidos. A un lado de la calle, sobre una tarima de madera, un cordero lechal manchado de sangre, tembloroso, MIRA cómo cuelgan de las patas, a la altura de su cabeza, los cuerpos sin vida de tres corderos, con el cuello seccionado hábilmente para que se desangren, gota a gota. Olfatea el aire, en busca de algún olor familiar, y sigue con la mirada el movimiento oscilante de unos cadáveres, de adelante hacia atrás, que pocas horas antes le amamantaban, lamían y daban calor. Ningún hombre debería intentar describir la percepción de la antesala del horror en los ojos del animal ni mucho menos obviarla.
XVI
Las palomas entrarán a formar parte de las páginas más gloriosas de la historia de la biología por una colaboración desinteresada, pero muy oportuna, y su sacrificio en los altares de la ciencia. Hans Krebs dedujo el funcionamiento del ácido cítrico, el famoso ciclo de Krebs, a partir de cuidadosas observaciones sobre la oxidación de diferentes compuestos de carbono en muestras trituradas de músculo de pechuga de paloma. Resulta difícil no imaginar al investigador acercándose a la jaula de las aves, con aparente normalidad, relajado; proceder a su captura y posterior muerte, y dar por concluido el ritual con un metódico triturado de la carne. Al cabo de un rato, después de limpiar sus dedos de restos orgánicos, alimenta con su propia mano a los ejemplares vivos.
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XV
El sueño y el vuelo más allá de todo límite son viejas aspiraciones del hombre, aunque, por supuesto, incompatibles por razones físicas. Un simple vencejo, volador consumado e infatigable, da cuenta cumplida de ellas, es capaz de dormir y volar al mismo tiempo, entre aleteos frenéticos y largos planeos, inmóvil, a contraviento; además, por si no fuera bastante, añade el aliciente del sexo, la copulación durante el vuelo. Abajo, en tierra firme, nunca se ha oído hablar de nada semejante; mirada de recelo a las alturas, ceño fruncido.
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XIV
El espantapájaros es a la vez la imagen que el hombre ofrece a la naturaleza, tótem reverencial y señal de advertencia, y la que los animales tienen del ser humano. Un animal más muerto que vivo, erguido sobre sus patas traseras, de movimientos lentos, poco armoniosos, pelo ralo, sin plumaje ni rasgos distintivos, con aspecto anódino, olor neutro, que no teme mostrarse en campo abierto, incluso hace ostentación de esta prerrogativa, mata a distancia y no se ensucia las manos, excepto cuando trabaja.
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XIII
Hugo de pelo negro es un hombre y le gustan los hombres; Jaime no, es un gato, y no tiene preferencias por hombres o mujeres mientras reciba la atención que se merece. Duermen juntos, Jaime al lado, con la cabeza hacia los pies de la cama, siempre igual. Pero esta noche es diferente. Jaime está frente a él, erguido, apoyado en las patas traseras, y empieza a hablar: "Pues yo estoy contento, qué quieres que te diga, no está tan mal ser un animal doméstico. Lo que pasa es que se tiene una visión muy negativa de la domesticación. Yo lo veo más bien como una simbiosis, un intercambio provechoso entre los humanos y los animales. Tengo comida, alguien que me cuida; no he de preocuparme por huir de los depredadores ni conseguir presas. Encima tengo un sitio dónde vivir y me limpian la arena cuando hace falta. A cambio me dejo tocar, no mucho, depende de mi estado de ánimo, escucho largas conversaciones, doy consejos que nadie escucha, ronroneo de placer, aunque esto no sé a quién satisface más. Y sí, algún día moriré, como mi hermano Kurfu en un charco de sangre, pero moriré como los humanos, tendido en la cama, en el hospital, y no como los animales, tirados en cualquier parte; en caso necesario, doy mi autorización para que una inyección dé punto final a mi vida". Con cara de asombro, Hugo se despierta, no sabe si todavía está soñando o es que el gato sueña con él. No importa; a partir de ahora todo irá bien, está seguro. Da buena suerte que los animales hablen en sueños, fábula del inconsciente. Se deja caer en el colchón, confiado, y apoya la cabeza en una almohada más suave que nunca, mientras unas orejas puntiagudas, un poco ladeadas porque han notado movimiento en la cama, también escuchan.
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XII
La niebla era tan espesa que casi amortiguó el sonido; un lento batir de alas, seguido de una voz metálica y desapacible, anuncia la llegada de una pareja de cuervos. Aunque cautelosos, descienden al valle desde las altas montañas y se posan cerca de las zonas habitadas. No es un signo de mal augurio, es la buena nueva, la bienaventuranza, a la altura de la paloma con la rama de olivo en el pico, de que no todo está perdido. Un movimiento en falso desencadena la alarma, un crack-crack-crack, rápido y duro; la pareja de por vida, negro brillante, remonta el vuelo y vuelven a penetrar en la niebla, más allá de los límites del hombre, donde reina lo inimaginable. El observador que necesita mirar a las estrellas para imaginar otras formas de vida, manifiesta un cansancio, una falta de aprecio, un desapego, que no valora en su justa medida el mundo que habita; no hace falta más que mirar alrededor para ver tierras incógnitas por todas partes, territorios inexplorados, maravillas hasta colmar la vista, incluso en los lugares más degradados, bajo la amenaza de una destrucción definitiva, en las calles más grises y lóbregas, regalo para ojos febriles, cegados por la infinitud. Cualquier ser vivo es más desconocido que la galaxia más lejana; las criaturas terrenales son extraterrestres por derecho propio.
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XI
El paraíso para los gatos es la noche y un árbol iluminado por la luna llena; esta sola percepción, asequible al más común de los mortales, basta para echar por tierra, refutar de una vez por todas, cualquier especulación religiosa sobre la realidad de los paraísos y vergeles con que la especie humana se regala la vista, llenos de luz, manantiales y árboles frutales, expurgados de oscuridad, sombra y tinieblas. La noche no tiene por qué ser el mal a combatir, el origen de los miedos atávicos y más recónditos del alma. El mundo animal supone la imposibilidad de una visión unificada del mundo.
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X
Hay una mezcla de sorpresa y temor, de paz y guerra perpetuas, armonía y discordancia sin fin, cuando se advierte que el animal que uno tiene al lado también respira, al oír su respiración, cómo inspira y expira una columna sonora, casi pesada, de aire caliente. El ejercicio espiritual obligado es acompasar el ritmo de la respiración hasta formar un solo soplo, ascendente y descendente, mientras se sueña con un único, aunque multiforme, hálito vital, de los pasajeros quiescentes del planeta Tierra.
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IX
Ante la mera idea del abandono no podía decir palabra, a punto de llorar, garabateó como pudo unas frases en una servilleta de papel: "Cuando estaba acariciando a la gatita me ha parecido ver dos lágrimas de cristal en sus ojos. No puedo decirlo". En aquel momento, supo con certeza que ella ya no abandonaría a la cría de gato de tonos marrones, demacrada, sucia, que sostenía en los brazos; el apego era mutuo, porque el diminuto animal, muy delgado, se aferraba como si aquella presencia humana, hasta entonces, desconocida, fuera la única esperanza de salvación, la cálida intimidad de sus sueños.
VIII
A pesar de las supuestas excelencias y las jactancias sin límite del hombre respecto a los otros seres vivos, los animales creen que la vida humana está sobrevalorada y que no hay para tanto. Tanto en lo que se refiere a la mortandad, millones de especies animales aniquiladas sin a que nadie parezca importarle, como a las habilidades y potencias, el juicio emitido no se rige por un criterio de proporcionalidad. El Ampelis europeo, un ave del tamaño del estornino y de formas compactas, come en invierno bayas semifermentadas; este placer prohibido, saboreado con calma en lo alto de las ramas, puede emborracharle e impedirle volar de forma temporal. Al parecer, tiene un hígado muy eficiente, en todo caso mejor que el humano, para metabolizar el alcohol, ya que se recupera con rapidez, sin presentar los síntomas de pesadez, aturdimiento y aspecto lamentable tan característicos después de la ingesta de bebidas alcohólicas. Como en todas las cosas, la virtud es el exponente de una potencia específica, un saber vivir inalienable; el beber no es una excepción.
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VII
Al despertar, se encontró con que el gato le miraba fijamente a los ojos, desde el borde de la sábana; inmóvil, sin pestañear, con la concentración que sólo un depredador puede tener, escrutaba su rostro como si intentara desentrañar el mayor de los misterios, sondear las profundidades del alma, cazar hasta el último de sus pensamientos y su sueño más oculto. Comprendió que en nuestra ausencia, cuando miramos a otro lado, hay otros mundos, se celebran fiestas concurridas a las que nunca asistiremos, rituales secretos olvidados. Vidas paralelas contemplan la vida del hombre, no sin asombro.
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V
Naturalmente es una palabra difícil, que conviene evitar; no hace referencia a un dato ni admite representación, a no ser como experimentum crucis de una renovación continua, prueba de vida. Todo lo representable, cualquier imagen idílica, no es natural, es ajena a la realidad profunda, aunque próxima y omnipresente, de cosas y criaturas.
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IV
De la imagen arquetipo de la serpiente que se muerde la cola a la imagen real del perro que se la destroza, cuando su única salida es la autodestrucción, está toda la diferencia entre el ciclo impensable de la NATURALEZA, despiadado pero REAL, y el paraíso artificial de la CIVILIZACIÓN, aniquilador pero IDEAL, orden de líneas claras y definidas, limpio y pulcro hasta la náusea. En un lado se vive y se muere, muchas veces de forma atroz; en el otro, ni se vive ni se muere, y apenas se respira, estancamiento vital, exudado blanquecino formado por millones de glóbulos blancos muertos.
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III
Irene de pelo rubio, mirada inquieta, acaba de llegar del este, apenas habla el idioma; tiene un perro, Max, si es que los perros se pueden tener, por el que daría la vida, único consuelo y punto de contacto con la realidad. En el trabajo hace de todo y de nada, recién llegada, extranjera, cualquiera se cree con derecho a decirle lo que tiene que hacer; no sabe en realidad cuál es su verdadera tarea, qué hace allí, siempre a disposición, a la espera de recibir la siguiente orden. Cada mañana, al levantarse para ir a trabajar, rompe a llorar; saca un pañuelo, enjuaga las lágrimas y se viste. A Max no le gusta estar solo, menos todavía encerrado; su juego favorito para distraerse es intentar atrapar la cola, que es lo más bonito que tiene. Al mediodía, Irene tira a la papelera el papel que envuelve el bocadillo, cae sin hacer ruido; se incorpora, vuelve a lo que estaba haciendo. Por la noche, de vuelta a casa, al abrir la puerta, oye una extraña mezcla de gritos de dolor y aullidos de pánico; luego lo VE, no puede menos que verlo, el pasillo, las paredes llenas de sangre, Max como enloquecido, que no para de dar vueltas mientras se muerde la cola hasta llegar al hueso. Nada parece calmarlo. Irene le pone la correa, lo saca a rastras por las escaleras; el perro no para de aferrarse a la cola con rabia y desesperación, poseído por una furia de origen desconocido. Desde su casa a la portería queda un reguero de sangre caliente, formando curvas irregulares, salpicadas de jirones de pelo; salen a la calle, empieza a llover, lo arrastra como puede, sigue clavando sus dientes, arranca trozos de carne. A medida que avanzan, los regueros de sangre, agua y barro señalan el camino realizado hasta que llegan al veterinario. Opina que sólo hay dos soluciones para este caso: administración de fármacos antidepresivos o amputación de la cola. La chica del este, desencajada, siente como la ponzoña gris de la vida humana la inunda de arriba a abajo y baña por igual a personas y animales, hasta que la infección barre la tierra que tiene bajo sus pies.
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II
En una pila de residuos en descomposición, las lombrices se sitúan alrededor del núcleo caliente, a temperatura elevada, adoradoras devotas de un dios cálido y protector; a medida que aumenta la distancia respecto a esta zona central, disminuye el número de ejemplares y aumenta la capa descompuesta, desecho fértil, rico en nutrientes, ofrenda para el señor de sus dominios y para la tierra que les da cobijo.
I
Un gato muerto al lado de una valla, sin signos aparentes de violencia, tumbado sobre la tierra húmeda, con las patas delanteras extendidas hacia delante, como si se hubiera deslizado con lentitud, se hubiera dejado ir, hasta la extinción de sus funciones vitales, en una extraña armonía de lo anímico y lo físico. Vida singular e irrepetible, perdida para siempre, sima de profundidad desconocida, que nadie puede cruzar, ni ninguna idea consoladora reparar. Todos los secretos están al otro lado, en otra parte, descentramiento de la búsqueda y el buscador.
0
El ANIMAL no existe, sólo existen los animales, un mar de vida heterogéneo, en continua ebullición y transformación, miríadas de ojos, de receptores sensibles que nos rodean por todas partes y esperan su momento. El técnico de una u otra parcela del saber, bajo la admonición de un logos especializado, no se encuentra en mejor situación que Dios respecto a sus criaturas: aunque las observe, manipule o incluso llegue a crearlas, jamás será (la) criatura ni verá el mundo con sus ojos, porque no quiere ni puede reconocer que otras formas de vida, puntos de vista singulares e infinitos, miran y no sólo son miradas. Tiene que conformarse con observaciones "objetivas", fundadas en razones oscuras, de cambios en las neuronas que obligan a practicar una operación quirúrgica para introducir una ventana transparente, a través del cráneo del animal, anestesiado cada vez que se graba una imagen mediante videomicroscopía. La miseria de los dioses, incapaces de ser otra cosa que sí mismos, es proporcional al grado de crueldad aplicado.
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